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¿Democracia para todos o solo cuando ganan los nuestros?

¿Democracia para todos o solo cuando ganan los nuestros? Una reflexión sobre la libertad, la autonomía universitaria y nuestra particular manera de entender la democracia. Hay algo que me llama especialmente la atención cuando escucho hablar de democracia: la facilidad con la que adaptamos su significado a nuestras propias convicciones, intereses y preferencias políticas. Todos nos declaramos demócratas. Todos defendemos la libertad, el respeto, la pluralidad y la convivencia. Sin embargo, cuando el resultado de las urnas no coincide con nuestras expectativas, parece que esos principios comienzan a interpretarse de otra manera. ¿Defendemos realmente la democracia como un conjunto de reglas y valores compartidos o, en ocasiones, defendemos únicamente aquella democracia que produce los resultados que nos gustan? Esta reflexión surge tras leer el artículo de Joaquín Rodríguez, «Las Universidades alemanas después del triunfo de la extrema derecha» , publicado el 14 de octubre ...

¿Democracia para todos o solo cuando ganan los nuestros?

¿Democracia para todos o solo cuando ganan los nuestros?

Una reflexión sobre la libertad, la autonomía universitaria y nuestra particular manera de entender la democracia.

Hay algo que me llama especialmente la atención cuando escucho hablar de democracia: la facilidad con la que adaptamos su significado a nuestras propias convicciones, intereses y preferencias políticas.

Todos nos declaramos demócratas. Todos defendemos la libertad, el respeto, la pluralidad y la convivencia. Sin embargo, cuando el resultado de las urnas no coincide con nuestras expectativas, parece que esos principios comienzan a interpretarse de otra manera.

¿Defendemos realmente la democracia como un conjunto de reglas y valores compartidos o, en ocasiones, defendemos únicamente aquella democracia que produce los resultados que nos gustan?

Esta reflexión surge tras leer el artículo de Joaquín Rodríguez, «Las Universidades alemanas después del triunfo de la extrema derecha», publicado el 14 de octubre de 2026 en Espacios de Educación Superior.

El artículo analiza la reacción de los rectores de las universidades alemanas ante los resultados electorales en Sachsen-Anhalt y su preocupación por el futuro de la libertad académica, la autonomía universitaria y la protección frente a la discriminación.

Su lectura me ha suscitado dos reflexiones que considero que van mucho más allá de Alemania o de sus universidades.

1. ¿Por qué ahora? La defensa de los principios no debería depender de quién gobierna

Según recoge el artículo, tras la victoria electoral de AfD, los rectores alemanes emitieron un comunicado conjunto reivindicando la libertad académica, la autonomía universitaria, la seguridad de los investigadores internacionales y el cumplimiento de los compromisos de financiación.

Son reivindicaciones perfectamente legítimas y, en mi opinión, necesarias.

Pero hay una pregunta que no puedo evitar hacerme: ¿por qué precisamente ahora?

¿Acaso la libertad académica, la autonomía universitaria y la protección frente a la discriminación no deberían constituir preocupaciones permanentes de cualquier institución universitaria, independientemente del partido que gobierne?

No pretendo afirmar que los rectores no hayan defendido anteriormente estos principios. Lo que me resulta significativo es que su reivindicación pública aparezca vinculada a un resultado electoral concreto. Por ejemplo, si los rectores se sienten muy cómodos con un partido dado, deberían aprovechar ese partido y ese gobierno para hacer estas reinvindicaciones y de hecho para pedir reglamentación para que le permita protegerse de futuros gobiernos. Lo más lógico sería aprovechar el partido con el que se sientan seguros, no lo contrario. Nadie podría imaginar un rector que crea que jamás habrá un cambio de gobierno.

Y aquí surge una cuestión de fondo: ¿debemos defender las instituciones frente a determinadas ideologías o frente a cualquier actuación política que pueda comprometer su independencia? Porque si la autonomía universitaria es un principio esencial, debería serlo con gobiernos de izquierda, de derecha o de cualquier otra orientación.

Una universidad verdaderamente independiente no debería necesitar conocer el color político del próximo gobierno para recordar que su libertad debe ser respetada. 

Por supuesto, es legítimo anticipar riesgos cuando un programa electoral contiene propuestas que pueden afectar a la organización, financiación o libertad de las universidades. Pero también es legítimo exigir que esa vigilancia se ejerza con el mismo rigor frente a todos los partidos.

La coherencia institucional se demuestra defendiendo los principios incluso cuando quien los amenaza pertenece a nuestro propio espacio ideológico.

2. Las palabras también construyen nuestra idea de democracia

El segundo aspecto que me ha llamado la atención es el lenguaje utilizado para describir al partido ganador. El artículo comienza refiriéndose a AfD como un partido de «extrema derecha» y, posteriormente, utiliza expresiones como «neofascista» para caracterizar su orientación política.

No se trata de negar que existan movimientos extremistas ni de cuestionar que determinadas formaciones puedan ser calificadas de esa manera. Esas caracterizaciones pueden estar justificadas por sus programas, sus actuaciones o sus planteamientos ideológicos. A mi me llama mucho la atención cuando un periodista o escritor escribe "extrema izquierda" y nunca "extrema derecha" o al contrario.

Lo que me interesa es reflexionar sobre el papel que desempeñan las etiquetas en nuestra forma de interpretar la realidad política.

Cuando calificamos a un partido antes de analizar sus propuestas, ¿estamos facilitando la comprensión de su ideología o condicionando de antemano la interpretación del lector?

En una democracia, las palabras tienen consecuencias. Las etiquetas pueden ser útiles para describir posiciones políticas, pero también pueden convertirse en instrumentos para simplificar realidades complejas y establecer fronteras entre quienes consideramos legítimos interlocutores y quienes dejamos de considerar como tales.

Y esto sucede en distintas direcciones ideológicas. Unos hablan de extrema derecha; otros, de extrema izquierda. Unos denuncian el populismo de sus adversarios; otros acusan de autoritarismo a quienes no comparten sus planteamientos. En demasiadas ocasiones, el debate deja de centrarse en las propuestas y pasa a girar alrededor de los calificativos.

Personalmente, prefiero conocer qué propone un partido, qué consecuencias pueden tener sus medidas y hasta qué punto son compatibles con el marco constitucional y los derechos fundamentales.

Criticar las ideas con argumentos resulta mucho más enriquecedor que limitarse a descalificarlas mediante etiquetas.

Esto no significa que todas las propuestas sean igualmente democráticas ni que ganar unas elecciones convierta automáticamente cualquier actuación posterior en legítima. La democracia también exige respetar las leyes, los derechos fundamentales, la separación de poderes y las libertades de quienes piensan diferente. Precisamente por eso, el análisis de los hechos debería prevalecer sobre la utilización interesada de los adjetivos.

3. La democracia no puede ser una cuestión de conveniencia

Quizá el problema de fondo sea que hemos terminado construyendo definiciones particulares de democracia. Para algunos, la democracia parece funcionar correctamente cuando gana su opción política. Cuando vence otra, comienzan las dudas sobre la madurez del electorado, los peligros del resultado o la legitimidad de determinadas decisiones.

Esta actitud no es patrimonio exclusivo de ninguna ideología.

La democracia implica aceptar que otros puedan pensar de manera radicalmente distinta, defender propuestas que rechazamos e incluso alcanzar legítimamente responsabilidades de gobierno. 

Desde luego aceptar el resultado electoral no significa compartirlo, ni renunciar a la crítica, ni conceder un cheque en blanco a los vencedores. Significa reconocer que las reglas democráticas deben ser las mismas para todos.

Si defendemos la libertad de expresión, debemos defenderla también para quienes expresan opiniones que nos incomodan, dentro de los límites establecidos por el ordenamiento jurídico y nuestros propios principios morales. 

Si defendemos la autonomía de las instituciones, debemos exigir su respeto con independencia de quién ejerza el poder. Y si defendemos el pluralismo, debemos asumir que la sociedad es diversa y que esa diversidad también se manifiesta en resultados electorales que pueden no gustarnos.

De lo contrario, corremos el riesgo de transformar la democracia en un concepto condicionado por nuestras propias preferencias.

4. Una reflexión que también deberían hacerse las universidades

Hay un aspecto del artículo de Joaquín Rodríguez con el que encuentro un importante punto de coincidencia. En sus conclusiones, el autor advierte del riesgo de que las universidades pierdan sus vínculos con la sociedad y terminen siendo percibidas como instituciones elitistas, alejadas de los problemas reales de los ciudadanos.

«una universidad sin vínculos sociales, sin presencia en su entorno, sin lazos fuertes con los problemas que aquejan a su población, suele ser percibida como un antro elitista»

Me parece una reflexión interesante, aunque encuentro en ella una cierta contradicción conceptual que merece analizarse. Desde hace años, una de las críticas recurrentes a las universidades es precisamente su insuficiente conexión con el mundo empresarial, con el tejido productivo y con las necesidades del mercado laboral. Se les reprocha que, en ocasiones, sus programas formativos, sus prioridades investigadoras o sus estructuras de funcionamiento están alejados de las necesidades reales de las empresas y de los profesionales.

Por eso, cuando el autor relaciona la desconexión de la universidad con su posible percepción como institución elitista, me surge una pregunta: ¿qué entendemos exactamente por elitismo y a qué élites nos estamos refiriendo?

Porque estar desconectado de la sociedad no significa necesariamente estar al servicio de una élite. Y estar desconectado de las empresas tampoco implica, por sí mismo, estar más cerca de las necesidades de los ciudadanos.

Es posible que el autor esté utilizando el término elitista para referirse a una universidad encerrada en sí misma, alejada de las preocupaciones cotidianas de la población. Si es así, puedo compartir parte de su preocupación, aunque creo que sería más preciso hablar de desconexión institucional que de elitismo.

Pero también cabe plantearse otra posibilidad: ¿y si el problema no fuera que las universidades están vinculadas a determinadas élites económicas, sino que han terminado construyendo sus propias élites académicas e institucionales?

Pensemos en una universidad donde el reconocimiento profesional depende fundamentalmente de publicaciones científicas, acreditaciones, proyectos y evaluaciones internas, mientras que la colaboración con empresas, la transferencia de conocimiento o la resolución de problemas concretos de su territorio reciben un reconocimiento menor.

En ese caso, el problema no sería necesariamente una universidad al servicio de las élites económicas, sino una institución cuyos incentivos pueden favorecer su propio funcionamiento interno por encima de algunas de las necesidades de su entorno.

También me interesa cuestionar(me) otra cuestión que considero fundamental: cuando hablamos de conectar la universidad con la sociedad, ¿qué parte de la sociedad tenemos en mente?

Porque la sociedad también está formada por empresarios, trabajadores, autónomos, profesionales, estudiantes y ciudadanos con sensibilidades políticas muy diferentes. Además en el caso al que nos referimos, el partido ganador de unas elecciones representa en ese momento a la mayoría de la sociedad.

La relación con las empresas, la empleabilidad de los titulados, la innovación y la transferencia de conocimiento también son formas de compromiso social. Como lo son la investigación básica, el pensamiento crítico, la cultura y la defensa de los derechos fundamentales.

No deberíamos reducir el compromiso social de la universidad a una única interpretación de lo que la sociedad necesita. Esto conecta directamente con la reflexión que da origen a este artículo: del mismo modo que corremos el riesgo de definir la democracia según nuestras preferencias, también podemos terminar definiendo el compromiso social de las instituciones según nuestra particular visión de la sociedad.

Quizá la pregunta no sea si la universidad es elitista por estar desconectada, sino quién decide qué significa estar conectado con la sociedad y qué intereses deben ser escuchados.

Una universidad verdaderamente independiente debería poder cuestionar al poder político, pero también debería estar dispuesta a cuestionarse a sí misma, escuchar a su entorno y reconocer que ninguna institución posee en exclusiva la interpretación de lo que la sociedad necesita.

5. La verdadera prueba democrática

Quizá la mejor manera de saber hasta qué punto somos demócratas no sea preguntarnos cómo reaccionamos cuando ganan aquellos con quienes simpatizamos. La verdadera prueba llega cuando ganan quienes no nos gustan. Es entonces cuando debemos demostrar si creemos realmente en las instituciones, en el pluralismo, en el Estado de derecho y en las reglas que permiten la convivencia.

Esto no supone aceptar cualquier decisión del vencedor ni permanecer indiferentes ante posibles amenazas a los derechos y libertades. Al contrario: significa exigir el mismo respeto a los principios democráticos a todos, sin excepciones ni privilegios ideológicos.

Por eso, más allá del caso alemán, creo que deberíamos hacernos una pregunta incómoda:

¿Defendemos la democracia porque creemos en sus principios o porque esperamos que sus resultados coincidan con nuestras preferencias?

Tal vez el mayor desafío de nuestras sociedades no sea únicamente proteger la democracia frente a quienes puedan amenazarla, sino evitar que nosotros mismos terminemos convirtiéndola en una definición a nuestra medida.

Porque una democracia que solo nos parece válida cuando ganan los nuestros deja de ser un principio compartido para convertirse en una cuestión de conveniencia. 


Nota del autor

Este artículo constituye una reflexión personal a partir del texto publicado por Joaquín Rodríguez en Espacios de Educación Superior, al que hago referencia y cito expresamente.

Desde el respeto a su autor y a sus planteamientos, he utilizado su publicación como punto de partida para un ejercicio de análisis crítico y debate intelectual, con una finalidad divulgativa y académica.

Precisamente porque defiendo la libertad de expresión, el pluralismo y el pensamiento crítico, considero fundamental reconocer y respetar el derecho de cualquier autor a expresar sus ideas, incluso cuando no compartimos sus interpretaciones o conclusiones.

Las discrepancias aquí planteadas se refieren exclusivamente a los argumentos y conceptos expuestos, y no pretenden cuestionar la legitimidad de las opiniones de su autor.

Entiendo que el verdadero valor del debate académico reside precisamente en la posibilidad de contrastar ideas desde el respeto, el rigor y la libertad de pensamiento.

No conozco a Joaquín Rodríguez.



Artículo de referencia

Rodríguez, Joaquín (14 de octubre de 2026). Las Universidades alemanas después del triunfo de la extrema derecha. Libertad, autonomía y protección ante la discriminación . Espacios de Educación Superior (ESdiES).

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